
Estas últimas semanas hemos vivido un evento muy singular en nuestra familia: el fallecimiento de la madre de nuestro hijo de acogida de 14 años, su único familiar biológico.
Comenzamos el acogimiento permanente hace 3 años. El proceso fue bastante rápido, una llamada del técnico de seguimiento del acogimiento informándonos del estado muy grave de la madre y dándonos el contacto de la trabajadora social de la fundación Rais que la atendía. Desde ese momento, toda la dinámica familiar, hay tres niños más en la familia, se organizó para que nuestro hijo pudiera visitar a su madre en el hospital todas las tardes. Fue doloroso respetar el deseo del niño de entrar solo a la habitación de su madre (no quería que la viéramos). Mientras, mi marido esperaba en el pasillo atento a lo que pudiera necesitar. Así pasamos 7 tardes. En este proceso fue fundamental la participación de la trabajadora social de Rais, una mujer joven muy comprometida con su trabajo, que hizo todo lo posible para que el niño y su madre pudieran estar juntos en las mejores condiciones: desde el adelantarse ella al hospital para asegurar que viese a su madre con buen aspecto y acompañarle la primera vez que entraba a verla para explicarle los tubitos que salían de debajo de las sábanas, hasta aprovechar esos encuentros para responder con delicadeza a las preguntas que el niño tenía sobre la vida de su madre.
El fallecimiento se produjo de madrugada. Mi marido y yo habíamos dado la indicación de que nos avisaran para hacernos nosotros cargo de ella y evitar que el sepelio fuese realizado por beneficencia. Todos dormían en casa mientras mi marido se fue al hospital a recoger las pocas cosas que había en la habitación y hacer las gestiones con la funeraria.
Un momento especialmente emotivo para mi marido y para mí fue cuando pensamos en la frase que pondríamos en la corona de flores. Pensamos que junto a la madre tenía que haber una corona grande de flores blancas con el mensaje del niño: “Te quiero mucho, mamá”, porque eso es lo que había y hay en el corazón de nuestro hijo. Luego, en un lado aparte pensamos que tendría que haber otro ramo de flores que dijera: “Eres de nuestra familia”, porque realmente esa noche habíamos acogido a su madre en la familia.
Al día siguiente, fuimos al tanatorio para que nuestro hijo pudiera estar con su madre. Junto a ella estaba su “Te quiero mucho, mamá” y al otro lado vio que su madre había sido acogida por nosotros y ya formaba parte de la familia. Así lo comprendió él y el resto de nuestros hijos. Nuestra familia había crecido y se había enriquecido.
Durante el velatorio nuestro hijo estuvo muy arropado por la familia extensa, profesores, amigos del colegio, del barrio, de su club juvenil, y por muchos de nuestros amigos. También vino la trabajadora social de Rais, a la que estamos inmensamente agradecidos, y con ella estamos tratando de recopilar recuerdos (fotos, anécdotas…) para que los conserve el niño. La madre de nuestro hijo está enterrada en el pueblo, en un cementerio pequeño y lleno de flores, junto a mi padre, tíos y abuelos.
Lucia

Add Comment