DRAGO, el pianista del Clínico
DRAGO, el pianista del Clínico

Conocimos a Drago hace 8 años, en una de las comidas que hacíamos mensualmente en la Iglesia de Santa Anna junto con el padre Peio, nuestras familias y personas sin hogar. En estos encuentros la comida era lo de menos, sentarnos junto a estas personas fue para nosotros entrar en otro mundo dentro de nuestro mundo. Ellos nos regalaban sus historias, tradiciones, risas, lágrimas, canciones… Entre ellos había un personaje muy peculiar, un hombre que, a pesar de pretender ser discreto, no podía pasar desapercibido. Iva vestido con una ropa de no se sabe qué color ya parecía su piel y que contrastaba con unas manos limpísimas y con unas uñas largas que le eran más útiles que una navaja suiza. Unos pies que saludaban sacando los dedos de los zapatos y un bosque de pelo que te dejaba ver justo lo que él quería: su mirada. Recuerdo perfectamente que ese mismo día nos explicaba que su apariencia era su escudo, su manera de saber quién le amaba de verdad. Cuando terminamos de comer Joan, mi marido, le dejó la guitarra y se puso a cantar “My Way” de Frank Sinatra, nos quedamos todos boquiabiertos, Drago tenía una voz preciosa y una forma de cantar que se hacía escuchar. Le dije que en casa nos encantaba la música y que podía venir un día a tocar sin pensar en las consecuencias que podía tener esa propuesta.
Pasados los meses se decretó el estado de alarma y hacia mayo de 2020 recibí una llamada de Drago. No entendía lo que me decía, su castellano con acento búlgaro que había aprendido mirando la tele aún no estaba suficientemente mejorado y le propuse encontrarnos en Pl. Catalunya para hablar mientras hacíamos juntos la ronda de reparto de alimentos a las familias vulnerables. Por fin entendí lo que quería, me preguntó si podía dormir una noche en nuestro jardín porque tenía miedo a las calles vacías de la ciudad. Estábamos en casa encerrados, no teníamos nada que hacer, teníamos espacio, así que llamé a casa y pregunté a mi marido y a mis hijos si les parecia bien la propuesta de acoger a Drago unos días. Todos me dijeron que sí e incluso algunos con especial ilusión. Ese mismo día cenamos juntos y le dejamos la habitación de los invitados. Desde aquel día la acogida duró 5 meses.
En casa le escuché durante horas, me narraba su historia con una memoria prodigiosa, yo trataba de ir encajando las piezas para comprender que le había llevado a la calle, al principio me costaba creer todo lo que me contaba pero poco a poco las piezas iban encajando. Me regalaba escenas de su pasado en Bulgaria, desde su infancia hasta la actualidad que revivía en aquel momento delante de mí. Me contaba los momentos más dolorosos, como cuando de niño se tapaba las orejas por los gritos en casa, cuando a sus 25 años, siendo un chico delgado y enfermizo, tuvo que subir a peso a su madre enferma terminal de cáncer por la escalera hasta un quinto piso sin ascensor o cuando se quedó sin voz de tanto sufrimiento después de la muerte de su madre. Pero también me describía el olor a queso y a pimientos de las comidas que le hacía su abuelo Iván o lo mucho que le gustaban las montañas de su país. Él nunca se quejó de su historia, simplemente la describía y la revivía, sin juicios, sin críticas como si aun con tanto sufrimiento todo tuviera un sentido. Muchas veces decía que he tenido que pasar todo esto para
llegar aquí a Barcelona, a tu casa y afirmaba con una clara convicción que entre tanto sufrimiento Dios nunca le había abandonado «siempre me manda un ángel cuando peor estoy» decía. De hecho algunas veces me había hecho buscar en la biblia, la “Santa Biblia” decía él, el pasaje que le hemos puesto en el recordatorio de su funeral “Aunque seamos infieles, él se mantiene fiel, ya que no puede negarse él mismo» (2Tm, 12-13).
En casa compartimos música, comidas, cocina, incluso fuimos en bici y jugamos al frontón. Lo recuerdo en la cocina con un delantal, era su lugar preferido de la casa y la limpiaba y ordenaba como si fuera suya, haciendo galletas de Star Wars o valorando cómo nos había quedado la «Svanisha» una comida típica de Bulgária que le cocinaba su abuelo cuando era pequeño. Montamos una Jump session en el comedor, él tocaba el piano, la guitarra, cantaba…A veces también se iba solo al garaje a tocar durante horas, la última vez fueron 9, sin levantarse ni una sola vez. Sus monólogos poco a poco se iban convirtiendo en diálogos y nos iba preguntando cosas a cada uno de nosotros, aficiones, opiniones, gustos… Valoraba las cosas más pequeñas como si fueran auténticos tesoros y hacía fotos a todo, los platos que yo le preparaba, que siempre acababa comiéndose fríos, una uña que se le rompía… valoraba todo tanto que a veces era un problema porque no quería tirar nada y por lo tanto lo acumulaba todo, nos hizo por ejemplo una montaña de tetrabriks de leche que llegaba hasta el techo detrás de la puerta de su habitación y nos escondía bolsas y papeles dobladas al fondo de los cajones para que no las tiraramos. A las tres semanas de estar en casa nuestra hija mayor nos dijo “o se ducha o me marcho de casa”, así que yo le trasladé a Drago la misma sentencia: «O te duchas o te vas de casa». Debía estar muy a gusto, él decía que nuestra casa era su palacio, porque después de dos años sin ducharse se dignó a hacerlo. Aquel día la acogida se hizo bastante más agradable.
Pusimos fecha límite a la acogida y en septiembre se marchó con sus bolsas a Barcelona “como soldado” que decía él, tenía proyectos, cosas que hacer que nunca acababa de contar. Tuve bastante con aquellos meses para entender que Drago no iba a cambiar, que yo no podía hacer ningún proyecto sobre él, que yo tenía que seguir su ritmo porque era imposible que él siguiera otro ritmo que no fuera el suyo. Esto a veces me ponía bastante nerviosa e incluso algún dia nos enfadamos por este motivo. Lo único que nos propusimos fue que Drago se sintiera amado y nos convertimos en su familia, en su lugar seguro y yo en la persona al otro lado del teléfono quien puedes acudir en caso de necesidad. Desde ese día nos hemos ido llamando, él me hacía dos perdidas y después le llamaba yo (una hora de media al teléfono que poco a poco aprendía a reducir) necesitaba hablar, contar sus sufrimientos, tristezas, dudas, sus proyectos, sus miedos… También ha ido viniendo a casa, a veces porque se encontraba mal y necesitaba recuperarse o porque necesitaba hablar de cosas que él creía que no se podían explicar por teléfono. Se quedaba tres o cuatro noches, o algún tiempo más en verano, ya tenía su propia tumbona y sus mantas, comía bien, descansaba, tocaba el piano, se
relajaba y después se iba otra vez a las calles de la ciudad. También hemos compartido celebraciones de cumpleaños, el suyo y de otros amigos, y otros buenos momentos con amigos compartidos, Alex, Marta, Anna, Josep, Alba, Luz, Valentina… Hemos hecho dos mudanzas interminables con Àlex que con una persona con trastornos acumulativo tuvo cierta dificultad, había tantas cosas en su piso que no se podía ni entrar, y por esto vivía en la calle…en casa de Àlex y Marta siempre ha tenido un plato y un café, de hecho recuerdo la noche antes de morir que me dijo en la cocina de casa que el arroz que le hacía Álex le gustaba más que el mío… nos costó dos años convencerle pero incluso nos dejó que le cortaramos las rastas que llevaba, un poco el pelo y le arreglaramos la barba, estuvimos tres horas pero quedó guapísimo, de hecho era guapísimo y hasta nos dijo que algunos en Barcelona ni lo reconocieron del cambio de look. Y así estos ocho años hasta esta semana.
Esta vez me llamó con una voz muy débil, lo fui a recoger con el coche al Hospital Clínico el sábado día 4 por la mañana, por primera vez me pidió que le llevara sus bolsas, no podía ni levantarlas, le dolía un montón el estómago, estaba blanco, le animé a visitarse en el hospital pero no quería medicamentos (“quimicales” como él decía), ni médicos, sólo infusiones y arroz hervido pero esta vez no fue suficiente. El domingo de resurección, cuando volvimos de misa nos lo encontramos sin vida sentadito en el suelo del baño. Su cuerpo dijo basta en nuestra casa, esta era mi petición al Señor, fue un golpe duro para todos los que estábamos con él en ese momento, nuestros hijos, los amigos de nuestros hijos Joan y Jordi, mi madre mi marido y yo. Las lágrimas de ese momento hacian patente que Drago fue uno más de la familia. Pero también estamos muy agradecidos de que haya sido en nuestra casa donde lo pudimos cuidar y amar hasta el último momento en lugar de morir solo en la calle, como tantas personas en situaciones parecidas.
En la ciudad el Drago también se hacía querer, estaba dispuesto a mantener conversación con todo el mundo, le interesa la gente, las historias, la espiritualidad, el conocimiento, siempre te sacaba una sonrisa con su sentido del humor, sus videos como “el pianista del Clínico” se han hecho virales y ha hecho saltar las lágrimas a muchas personas conmovidas. Él siempre decía «esto me alimenta más que comida». De hecho el mismo día de su funeral del que informamos por redes sociales como pudimos, nos encontrarnos con muchas personas que compartieron su testimonio impactadas por su música y por su forma de ser. El dia de su funeral no había nadie de su familia biológica, pero nos encontramos por primera vez con otras personas que le habían ayudado de diferentes maneras todas muy concretas y a las que el cura (Peio) se refirió de una forma preciosa “nos hemos encontrado hoy por primera vez toda su familia”.
El mayor milagro no ha sido la acogida sino el cambio aunque imperfecto en nuestra mirada, y éste ha sido un regalo que hemos recibido por gracia la Iglesia de Santa Anna y que hemos podido sostener gracias a la familia ya los amigos. En Santa
Anna hemos descubierto dos cosas, también recogidas en la encíclica Dilexit té, por un lado que la atención a los pobres no es un acto de filantropía sino un acto de fe, de lo contrario por nos hubiera sido imposible de sostener, y por otro que la fe no puede desvincularse de la proximidad a los pobres. En este sentido, la historia de Drago hace evidente que el Señor se ha valido de nuestro pequeño si y del de muchas personas para llevar a Drago a su lado: del cura Peio y la comunidad de Santa Ana, Anna Garriga, Maria Àngels, a la que por fin conocí en el funeral personalmente y a la que Drago siempre se ha referido como “mi madre catalana”, de mi marido, que tantas veces ha negado sus preferencias para sostener esta acogida, de mis hijos e hijas y de mi madre que siempre que ha venido a casa lo han tenido como uno más de la familia, de Àlex y Marta que se han puesto las manos en la masa también en esta acogida, de todos los asistentes sociales, psicólogos y voluntarios que tanta paciencia han tenido con él y de tantas personas que han puesto su granito de arena y le han hecho sentir amado, de los que habéis rogado y rogaréis por él y de todos los ángeles con rostro concreto que el Señor ha enviado para acompañarlo a su destino.
La tarde del día en que murió Drago, paseábamos por unos campos espectaculares de trigo y flores amarillas que me hicieron pensar en cómo me hubiera gustado llevar a Drago a pasear en un paisaje tan bonito como éste, él que valoraba tanto la naturaleza en llegar a nuestra casa después de la ciudad. Cuando lo compartí con mi hija Mercè ella me dijo “mamá no te preocupes de que el cielo es más bonito”.
Nos despedimos de Drago, esperando encontrarnos con él algún día y con la alegría y la esperanza del día en que murió: un domingo de resurrección. También con el corazón lleno de agradecimiento por haber podido conocer, acompañar y amar a Drago. De hecho mi hija después del funeral y de tantos halagos por nuestra acogida me decía “mama si nosotros no hemos hecho nada”. Y así es, como dijo Peio en la homilía de su funeral no éramos nosotros los ángeles, sinó el, Drago fue nuestro ángel, fue el cuerpo herido del Señor en el que, como Tomás, los que pusimos los dedos en sus llagas le pudimos descubrir a Él. De nuevo se nos hace evidente que cuando acoges recibes mucho más de lo que das.
Cervelló 14 de abril de 2026

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